Mientras miles de voluntarios limpian las playas afectadas por el vertido de millones de ‘pellets’ de plástico, las organizaciones ecologistas vuelven a exigir mayores medidas de control para evitar este tipo de sucesos.

La pérdida de contenedores por su caída al agua no es un suceso insólito en el transporte marítimo de mercancías, que viajan aseguradas, sino algo mucho más habitual de lo que imaginamos.

Según el Consejo Mundial del Transporte Marítimo (WSC, por su sigla en inglés), la media de pérdidas de los últimos tres años ha sido de 2.300 contenedores al año.

La cifra podría considerarse baja si tenemos en cuenta que cada año se transportan más de 250 millones de contenedores entre los principales puertos de todo el mundo, pero lo cierto es que supone una de las mayores amenazas para la salud de nuestros mares.

Esos miles de contenedores albergan millones de toneladas de materiales de todo tipo, muchos de ellos altamente tóxicos, que acaban acumulándose en el lecho marino, flotando en sus aguas o arribando a las costas, causando graves episodios de contaminación que se suceden unos a otros.

El buque de transporte Mayview Maersk perdió el pasado mes de diciembre 46 contenedores en el mar del Norte, frente a las costas de Jutlandia, en Dinamarca, durante el fuerte temporal que azotó su litoral.

A los pocos días aparecieron cuatro de ellos en las playas, mientras que el resto de la zona afectada empezó a quedar cubierta de las mercancías que transportaban: desde pequeñas ruedas de plástico hasta neveras, jeringuillas o zapatos.

El ministro de Medio Ambiente danés, Magnus Heunicke, convocó con carácter de urgencia a la naviera, la también danesa Maersk, que tardó muy poco en asumir la responsabilidad de lo sucedido y ponerse a disposición de los ayuntamientos para limpiar las playas.

“Lamentamos mucho lo sucedido —dijo su jefa de seguridad—, asumimos toda la responsabilidad y participaremos en la limpieza junto a las autoridades locales, que son las que tienen el conocimiento necesario para hacerlo”.

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Uno de los contenedores que arribaron a las playas de Dinamarca (EFE/C. Bjoern)

Maersk es la mayor empresa de transporte marítimo del mundo, y se trata de la misma compañía que había fletado el ya famoso Toconao para realizar un transporte de mercancías entre el puerto de Algeciras y el de Róterdam, en Holanda.

El 8 de diciembre perdió seis contenedores mientras navegaba frente a las costas de Viana do Castelo, en aguas de Portugal. Hasta el momento, la empresa propietaria del barco y responsable de la tripulación (que no es Maersk) no ha dado a conocer las circunstancias en las que se produjo su caída al mar.

Lo que sí se sabe es que uno de los contenedores almacenaba alrededor de 1.000 sacos de 25 kilos de pellets de plástico cada uno.

Conocidos también como perlas de plástico o lágrimas de sirena, estamos hablando de cientos, miles de millones de bolitas de plástico de unos cinco milímetros de diámetro: más o menos el tamaño de una pepita de uva. Los otros cinco contenedores que cayeron al mar transportaban neumáticos, rollos de film plástico y barras de aluminio.

Dispersión por toda la costa

Por desgracia, los pellets, sueltos o en el interior de las sacas que los contenían, empezaron a llegar a los pocos días a las costas gallegas para continuar extendiéndose por las del Cantábrico, lo que provocó una gran alarma social, convirtiéndose en una de las noticias más comentadas y seguidas en los medios de comunicación.

Sin embargo, la caída de contenedores al mar por malas prácticas a bordo o como consecuencia de fenómenos meteorológicos adversos, ocurre más a menudo de lo que debiera.

En 2022, por ejemplo, la misma compañía de transporte perdió de golpe 750 contenedores que trasladaba desde el puerto chino de Xiamen al de Los Ángeles, en este caso a causa de un accidente.

Pero la amenaza no proviene tan solo de la proximidad de la industria.

Durante la campaña de hace dos años, los ecologistas encontraron millones de pellets de plástico en una de las playas más vírgenes del Mediterráneo, la de Cavalleria, en plena Reserva de la Biosfera de Menorca, con densidades de más de seis mil bolitas de plástico por metro cuadrado.

En el caso de los pellets, y según los resultados del análisis llevado a cabo por el Centro Tecnológico de Investigación Multisectorial (CETIM), con sede en Culleredo, A Coruña, están compuestos de polietileno tereftalato, más conocido como PET.

Se trata de un tipo de polímero muy versátil, no tóxico y que, en condiciones normales de uso, no desprende sustancias nocivas para la salud.

Es el plástico más utilizado para el envasado de alimentos y bebidas de un solo uso: desde botellas de agua mineral, envases de yogur, sobres de embutido o blísteres de medicamentos.

Ahora bien, eso no significa que los pellets de PET sean inocuos para el medio ambiente y no acaben afectando a todos los seres vivos, incluidos nosotros.

Y es que al desintegrarse en micro y nano plásticos, este tipo de residuo acaba incorporándose a la cadena trófica y afectando a toda la comunidad biológica, también nosotros cuando nos alimentamos de pescado, marisco o incluso la propia sal marina. 

En ese sentido, los pellets de PET se suman a una de las formas de contaminación más graves que están sufriendo nuestros océanos, por lo que deben ser retirados antes de que vuelvan a ser arrastrados por las corrientes y acaben dispersándose por todo el litoral de Galicia y el Cantábrico afectando al medio marino y la biodiversidad que acoge.

El Confidencial España

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